El chocolate belga, es uno de los productos,
más refinados que existen en el mundo. Es conocido mundialmente, su exquisito
sabor y textura. Pero la historia del chocolate belga, como todo chocolate, se
remonta a los primeros siglos del continente americano. Los aborígenes de este,
consumían el cacao. Especialmente los aztecas, en forma de bebida. La cual era
muy amarga en aquel entonces. Era un producto suntuario en aquella época e
incluso se tomaba como un tipo de moneda. Incluso se podía llegar a comprar oro,
el cual se explotaba por todo el Imperio. Pero con la llegada de los españoles,
el chocolate se expandió al viejo continente.
Fueron los europeos, quienes le añadieron azúcar. Lo cual, lo
transformó en algo dulce. Cada país fue trabajando el chocolate a su manera.
Claro está, que los belgas también. Uno de los grandes manjares del chocolate
belga, son las famosas almendras garapiñadas o praline. Que es la conocida
almendra o nuez bañada o cubierta de chocolate. Golosina, que es tomada por los
belgas, como el regalo perfecto. No es raro, que en variadas culturas
occidentales, se tome al chocolate como un regalo delicado y de buen gusto.
Principalmente, por el hecho que a casi todos, les encanta comérselos. Más aún,
si es un chocolate belga.
La gracia en el chocolate belga está en la rigurosa selección de los
ingredientes del mismo. Principalmente en la de las semillas de cacao a ocupar.
Estas tienen que tener la madurez, color, tamaño y peso adecuado. Semillas que
son molidas, para obtener el polvo de cacao. Otro grupo de semillas son
exprimidas, para de esta manera, conseguir la manteca de cacao. Estos dos
componentes se unen, junto con azúcar y polvo de leche natural. El secreto del
chocolate belga, está en la concentración de cacao, en su producción. Muchos
chocolates ocupan otro tipo de grasas (vegetal en su mayoría) y una
concentración menor. Por lo mismo, es que poseen un sabor más escuálido. Quien
ha probado el chocolate belga, entenderá lo que se está comentando.