A partir de su origen griego, el psicoanálisis busca estudiar
el psykee, es decir, el alma. El padre de esta disciplina, el médico
austríaco Sigmund Freud, busca revelar el inconsciente de los individuos y
buscar las respuestas a los traumas e inhibiciones de los seres humanos. A
partir de 1890 esta disciplina comienza a difundirse alrededor del mundo.
Las primeras aproximaciones que Freud tiene al psicoanálisis
son en el hospital Salpêtrière de París. El neurólogo Jean Martin Charcot
inducía a hipnosis a pacientes aquejados por cuadros histéricos de manera de
suprimir los síntomas de este mal. Freud, junto a Joseph Breuer, notaron que las
personas sometidas a la hipnosis no tenían conciencia de las experiencias que
relataban, sin embargo, sí influían en su comportamiento.
A partir de esos casos clínicos, Freud esboza los primeros
lineamientos de su teoría: plantea que todos los problemas estudiados en los
pacientes se deben a impulsos sexuales que han sido reprimidos por ser
socialmente inaceptables.
Durante la terapia del psicoanálisis, lo que se busca es
acceder al inconsciente del paciente de manera de llegar al origen de los
conflictos del individuo. El inconsciente es aquella información que se
encuentra dormida en nuestro interior, que no tenemos conciencia de que está
presente, pero que influye y determina nuestro actuar y comportamiento.
Esta búsqueda interna implica que el paciente revele su
personalidad y es muy común que salga con disgusto o rabia de las sesiones ya
que deberá adentrarse en aspectos de sí mismo que no le agraden. La forma de
alcanzar este autoconocimiento es por medio de las interpretaciones y conexiones
que el terapeuta establezca de la conversación con el paciente.
Existen diferentes maneras de que el terapeuta logre llegar a
la raíz del problema de su paciente. Puede hacerlo por medio de transferencia,
de asociación libre, o por medio de la interpretación del discurso del paciente.
Para éste último, el médico pone especial preocupación en la interpretación de
los sueños y los actos fallidos, que son una especie de descarga del
inconsciente en el consciente que Freud considera muy importante.
Como mecanismo de tratamiento de enfermedades mentales, es un
método criticado. Sus detractores afirman que no tiene sustento científico y que
desconoce las consideraciones bioquímicas de las enfermedades. Además, son
tratamientos que pueden durar años, dependiendo de si se busca tratar un tema en
específico o es un problema más general.
Este método tiene mayor vigencia en los países de habla
hispana y en Europa, aunque su influencia comenzó a disminuir a mediados del
siglo XX. Actualmente, se le reconoce por su valor de fomentar el
autoconocimiento del individuo, más que por su capacidad de mejorar las
enfermedades mentales.