El síndrome premenstrual (SPM) es una serie de síntomas que
afectan la vida diaria de la mujer y se producen entre 7 y 15 días antes del
inicio de la menstruación, es decir, en la segunda fase del ciclo menstrual,
conocida como la fase luteal. Las molestias, tanto psíquicas como físicas,
pueden interferir en las actividades cotidianas, al extremo de llegar a ser
incapacitantes. Entre el 3 y 5 porciento de las mujeres sufren del síndrome
disfórico premenstrual que es aquel en el que predominan los síntomas psíquicos
del síndrome premenstrual. Para tratarlo se requiere del apoyo de un psiquiatra.
Entre los síntomas se encuentran: la distensión del abdomen,
retención de líquidos y aumento de peso, dolor en los pechos, malestar general,
hinchazón de manos y pies, fatiga, náuseas, vómito, diarrea, constipación, dolor
de cabeza, dolor pélvico y acné u otros problemas dermatológicos. Además hay
manifestaciones emocionales como: tristeza inmotivada, irritabilidad, ansiedad,
inestabilidad emocional y llanto fácil, dificultad para concentrarse, letargia,
cambios en el apetito y el sueño, y disfunción en el desempeño social. Cuando
estas últimas son las que prevalecen y se manifiestan fuertemente, es cuando la
paciente sufre del síndrome disfórico premenstrual.
Sin embargo, no es necesario que se presenten todos los
síntomas para considerar que se padece de SPM. Por lo general, se manifiestan de
una manera leve a moderado, no obstante suelen causar molestia.
Es muy común que se afirme que este mal se relaciona con los
cambios hormonales que afectan a la mujer en este período. Sin embargo, se ha
demostrado que los niveles hormonales de una mujer que sufre del síndrome
premenstrual son totalmente normales y similares a los de una mujer que no sufre
de éste. Pueden influir, pero no son totalmente determinantes. En el caso de la
disminución de los neurotransmisores como la endorfina (que alivia el dolor) y
la serotonina (que afecta el estado de ánimo) en este período, influye en la
aparición del SPM, pero no lo explica del todo, ni tampoco se aplica para todas
las mujeres que padecen de este mal. El factor que influye en mayor medida a la
hora de padecer este síndrome, es el genético.
Así como no se ha determinado una causa clara y concluyente,
tampoco se ha dado con un tratamiento universal y definitivo. Existen muchas
formas de apalear los síntomas. Lo primero que se puede hacer es un cambio
alimentario, hacer ejercicio y reducir el estrés. De esta manera se manejarán
síntomas como el insomnio, la irritabilidad y la retención de líquidos, entre
otros.
Si la primera fase no tiene éxito, se puede recurrir al apoyo
de vitaminas y minerales. La ingesta de calcio, suplementos de magnesio y de las
vitaminas B6 y E puede ser muy beneficiosa para afrontar este período. También
se puede recurrir a medicamentos como antiinflamatorios, ácido mefenámico y
espirinolactona, entre otros; y tratamientos hormonales, aunque estos no son muy
recomendados. Para luchar contra los síntomas psíquicos también existen
medicamentos, pero es necesario contar con la evaluación de un médico para que
determine cuáles son los idóneos para cada mujer.