La neumonía o pulmonía es una enfermedad inflamatoria de los
pulmones, causada por una infección. Puede ser causada por un sinnúmero de
microorganismos, y dependiendo de estos será la gravedad de la enfermedad. Por
lo general, su puerta de entrada al organismo es la vía aérea. Antes de la
creación de los antibióticos, las consecuencias de la neumonía solían ser
mortales, sin embargo, actualmente es una enfermedad totalmente curable.
Existen dos grandes tipos de neumonía clasificadas en cuanto
al lugar de contagio. La primera es la adquirida en la comunidad, ésta es la más
típica y suele ser tratada por médicos de cabecera, sin necesidad de
hospitalizar al paciente. La otra se llama nosocomial, es decir, que ha sido
adquirida durante la permanencia en el hospital. Para aquellas personas que son
inmunodepremidos, para los ancianos o quienes sufren de fibrosis quística, esta
enfermedad es más grave. En los pacientes de SIDA, es muy común que se
desarrolle la pneumocystis, que es una forma de neumonía.
En términos generales, hay cuatro agentes responsables de la
neumonía. Las bacterias que causan la neumonía suelen estar de forma inactiva en
el organismo, cuando las defensas de éste bajan entonces se multiplican y la
enfermedad se manifiesta. Otro agente es del tipo viral. Más de la mitad de las
neumonías se originan por este medio, suelen no ser graves y durar poco tiempo,
sin embargo, si sufren de un ataque bacteriano, la situación puede volverse más
complicada. Un tercer tipo es la causada por microplasma, que es un organismo
procarionte de muy pequeño tamaño. Ésta produce una sensación de debilidad que
puede mantenerse por mucho tiempo. Por último, está la Pneumocystis carinii (PCP)
que es causada por un organismo que se cree que podría ser un hongo.
Los síntomas de la pulmonía o neumonía varían dependiendo del
agente que causa la enfermedad, pero en términos generales hay que ponerle
atención a la presencia de los siguientes malestares: tos con mucosidad
amarillenta o verdosa; ocasionalmente se presenta esputo con sangre; fiebre con
escalofríos y temblor; dolor torácico agudo o punzante que empeora con la
respiración profunda o la tos; respiración rápida y superficial; dificultad
respiratoria; dolor de cabeza; sudoración excesiva y piel pegajosa; pérdida del
apetito; fatiga excesiva; y confusión en las personas de edad.
Para tratarla, se debe tener en consideración cuál es el
origen. Si es bacteriana, es necesario atacarla con antibióticos, sin embargo,
estos no son efectivos si su origen es viral. Estos medicamentos pueden ser
consumidos de manera oral, pero en el caso de personas que padezcan una
enfermedad crónica, tengan síntomas severos o bajos niveles de oxígenos será
prudente hospitalizarlos para que reciban los medicamentos por medio de una vía
intravenosa y se les suministre oxígeno en caso de ser necesario.
Es recomendable consumir mucho líquido, descansar y controlar
la fiebre con aspirina o acetaminofén. En el caso de los niños jamás se les debe
dar aspirina. De todas maneras al presentarse la neumonía se debe consultar a un
médico cuanto antes.