Un ataque de pánico es una crisis de angustia severa que
aparece de manera repentina y es acompañada de un alto grado de ansiedad. Duran
alrededor de diez minutos, aunque pueden extenderse por más tiempo, sin embargo
no debieran alcanzar una hora de manifestación.
Existen diferentes causas que pueden desencadenar un ataque,
pero en términos generales, hay tres factores influyentes: los neurobiológicos,
que se refieren a la presencia de una vulnerabilidad somática; los psicológicos,
que son aquellos producidos por un trauma psíquico o sexual de la infancia que
influye en el aspecto neurobiológico; y finalmente, los ambientales. Estos
pueden ser gatillados por estés, sobreexigencia laboral o física o por consumo
exagerado de sustancias adictivas o ansiolíticos.
Durante todo el tiempo que dure la crisis de pánico se puede
experimentar palpitaciones o taquicardia; sudoración; temblores o sacudidas;
sensación de ahogo o hiperventilación; sensación de atragantamiento; opresión o
malestar torácico; náuseas o molestias abdominales, e inestabilidad, mareo o
sensación de desmayo; desrealización o despersonalización; miedo a volverse loco
o a descontrolarse; miedo a morir; síntomas fisiológicos o somáticos; hormigueos
o entumecimientos, y escalofríos o sofocaciones. Cuando se está en presencia de
al menos cuatro de estos síntomas, ya se puede hablar de un ataque de pánico.
Uno de los efectos más graves es que genera un miedo
anticipado a la crisis. La persona que sufre de este mal suele adelantar su
temor frente a la posibilidad de sufrir un ataque de pánico. Esto hace que evite
salir a lugares públicos o quedarse sola, por esto es un mal que suele ser
relacionado a la agorafobia (temor a los espacios públicos o abiertos).
Si bien es necesario recurrir a ayuda psicológica y
psiquiátrica, lo más importante es reconocer el problema que se vive para poder
tener un cambio de actitud. Es necesario pensar en qué punto de la vida se está
cometiendo un exceso y qué aspectos se están dejando de lado, como la vida
familiar, la diversión o el descanso. Con ese cambio inicial, la terapia será
más provechosa y con resultados en menor tiempo. Aunque, en promedio, éstas se
extiendan entre uno y dos años, las mejoras comienzan a verse al cabo de tres
meses, aproximadamente.
Para apaciguar una crisis de pánico que ya se ha
desencadenado se recomienda: intentar tener una respiración controlada, es decir
que se respire hondo y con un ritmo determinado, evitando la aceleración; fijar
la mirada en un punto de la realidad como un cuadro o un árbol, de esta manera
es posible encontrar un referente externo a uno; buscar alguna actividad por
hacer o continuar en lo que se estaba, eso ayuda a distraerse y no tener en
mente la angustia que comienza a sentirse. Puede ser tan sencillo como pensar
qué almorzaré o conversar con alguien que se encuentre cerca.
Se calcula que los ataques de pánico lo sufren alrededor del
cinco porciento de la población mundial y son más frecuentes en las mujeres.
Suelen desencadenarse por primera vez entre los 25 y 30 años, pero también son
abundantes en la pos adolescencia. Aunque, si no son tratados pueden tener
consecuencias graves, es un mal que puede ser superado con la correspondiente
ayuda. Lo más importante es la disposición del paciente para enfrentar el mal
que lo aqueja.