Una transfusión de sangre es aquel traspaso de sangre, por
medio de la inyección, de una persona, denominada dador o donante, a otra. La
sangre que es recibida por medio de una transfusión permite que quien la recibe
pueda reestablecer los volúmenes normales de sangre presentes en el sistema
circulatorio, lo que en un adulto rodea los 5 litros.
Existen múltiples razones que provocan la pérdida
significativa de sangre que requiera de una transfusión para poder recuperarse.
Entre estas se pueden encontrar las hemorragias producidas por heridas,
quemaduras, accidentes o patologías, incluso aquellas producidas mediante una
larga y compleja cirugía. Sin embargo, para recibir una trasfusión de sangre, no
sólo es necesario haber perdido parte importante de su volumen, sino que también
resultan ser necesarias cuando se ha reducido alguno de sus componentes, por
ejemplo, la pérdida de glóbulos rojos, plaquetas crioglutinina o plasma, entre
otros.
Antes de comenzar a realizar una transfusión de sangre es de
suma importancia hacer un análisis exhaustivo de la sangre que un donante
otorgará a un paciente enfermo, ya que por medio de las transfusiones se puede
traspasar de una persona a otra múltiples enfermedades de manera muy directa y
peligrosa. Además resulta necesario el análisis ya que existen varios tipos de
sangre, los que no son compatibles entre sí. De este modo, es muy necesario un
análisis muy cuidadoso, a fin de evitar posibles complicaciones producidas por
incompatibilidades o infecciones.
Como ya se mencionó, existen varios grupos sanguíneos, entre
los que está el grupo A, el B, el AB y el 0, contando, cada uno de ellos con un
factor RH que puede ser o negativo o positivo. Es por esto que se debe estudiar
toda la sangre, procurando donar y recibir entre aquellos que resulten ser
compatibles. En cuanto a las patologías que se pueden transmitir por medio de
las transfusiones, para poder evitarlas, es necesario aplicar múltiples pruebas,
entre las que encontramos las pruebas que detectan la presencia de enfermedades
como la hepatitis, tanto de tipo A, como B y C, el HIV, e infecciones tanto
bacterianas como parasitarias que podrían provocar malaria, toxoplasmosis y
trepanosomiasis, entre otras.